La Vía del Sureste
Una peregrinación desde Tíscar a Santiago de
Compostela
Artículo 9
Quesada – San Miguel, 19,4 Km.
Al día
siguiente, 2 de julio, salimos de Quesada 8 peregrinos; un número que ya permanecería
casi inalterable la mayor parte de la peregrinación. Tomamos la carretera
A-315; a un kilómetro cogimos un carril de tierra que sale a la izquierda y que
toca el polígono industrial de Quesada. A cinco kilómetros pasamos por la aldea
de Toya muy temprano, recién amanecido, con las brevas ya maduras y frescas de
unas higueras muy bien vigiladas por los toyanos, cuyos gestos manifestaban una
clara desconfianza que no invitaba, precisamente, a probar tan exquisito y
autóctono fruto, nos quedamos con las ganas, para que luego se cacaree de la
hospitalidad serrana, aunque en todo hay excepciones. A la salida de la aldea
nos detuvimos un rato en la ermita de san Marcos, para seguir después por
el camino hasta Hornos de Peal; una
pedanía, al igual que la de Toya, de Peal de Becerro. Ambas son depositarias de
un interesante legado ibérico. La primera posee una cámara sepulcral y la
segunda un hipogeo.
Continuamos
por carriles de tierra, rozando el cortijo de El Potril, pasamos por la ermita
de Santiago y llegamos a la orilla del Guadalquivir,
margen izquierda aguas abajo, a un vado por el que debíamos cruzar el río frente
al poblado de San Miguel, a cinco kilómetros del Puente de la Cerrada, una
colonia agraria levantada en los tiempos de Franco por el Instituto Nacional de
Colonización. Contra todo pronóstico el río venía enormemente crecido y con
fuerte corriente, debido a la apertura de las compuertas de los embalses del
Puente de la Cerrada y El Tranco. El obstáculo se presentaba difícil y
prácticamente insalvable. Cuando ya estábamos decididos a dar la vuelta por el
Puente de la Cerrada, seis kilómetros aguas arriba, tres componentes del grupo
se lanzan al agua y milagrosamente logran sortear la corriente alcanzando la
otra orilla, con riesgo de sus vidas y de la peregrinación en sí. Fue uno de
los momentos cruciales en el que se puso en juego la continuación de la
empresa. El resto del grupo cruzó por el Puente de la Cerrada.
Llegamos a
San Miguel, pedanía de Úbeda, siendo muy bien atendidos por su alcaldesa
pedánea, Pepa, por encargo del alcalde de Úbeda, Juan Pizarro. La edil
municipal nos alojó en la iglesia, semiabandonada, e hizo posible que, aunque
en precario, nos aseáramos con agua corriente. El espacioso y destartalado templo,
carente de imágenes, paliaba un sofocante calor que nos obligó a estar
enclaustrados hasta el atardecer. Hicimos la comida, consistente en una
ensalada de garbanzos con abundante guarnición de verduras y hortalizas como
tomate, pimiento, pepino, zanahoria, nabo, cebolla, ajos, aceite, sal y vinagre,
gracias al avituallamiento altruista recibido del hipermercado Continente de
Úbeda, un favor que siempre agradecimos al director Pedro Pérez. A partir de
entones este menú quedó estandarizado como norma la mayor parte del camino,
aunque en los finales de etapa urbanos hacíamos una extraordinaria excepción. Por
la noche tomamos frutas y fiambres, y seguidamente nos acomodamos para pasar la
noche.








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