La Vía del Sureste
Historia de una peregrinación desde
Tíscar a Santiago de Compostela
Introducción
(II)
Hoy en día
proponerse una marcha a pie de mil doscientos kilómetros, en la que se van a invertir
unos cincuenta días, se le supone, a quien desee realizarla, un apego y un amor
a la Naturaleza no muy comunes. Requiere mentalizarse para asumir un cambio
radical de la vida de rutina y un tanto sedentaria; algo que puede causar en el
neófito un impacto difícilmente asumible, ya que una adaptación no conseguida
del todo puede conducirnos al abandono de los fines propuestos, cuando no a la
animadversión de proyectos futuros semejantes. Siempre se ha dicho que “querer
es poder” y “poder es querer”, pero no dejan de ser pensamientos que nacen en
nuestra psique, cuya veracidad y consecución está a merced del puro convencimiento
propio, del cual yo estaba completamente seguro. Se trata de identificarse con
la idea: “yo soy yo y mis pensamientos”
Integrarte
en un grupo, si no homogéneo, sí lo bastante consolidado como para culminar tal
reto requiere, necesariamente, coincidir en la valoración del mundo que te
rodea e interpretar de similar manera las influencias que se reciben de
él.
El amor a la
Naturaleza ha estado en mí desde las primeras vivencias de la infancia, con la
toma de contacto del maravilloso mundo luminoso y colorido, de aquel que ya
eres capaz de crear con verdadera conciencia para integrarlo como un
sólido recuerdo. Sería prolijo describir
con detalle aquél fascinante mundo que se iba abriendo e incorporando poco a
poco en las preferencias del cotidiano vivir. La Naturaleza me ha ofrecido una vida en plenitud de
libertad, algo que lleva implícito una excelente salud, facilita un satisfactorio
equilibrio emocional; propicia la realización individual a través de un
fortalecimiento, como el que supone desenvolverse en un medio donde es
necesario poner a prueba todas tus facultades físicas y mentales; y además
conlleva una interiorización en el ser, con sus inevitables reflexiones, que te
conducen a pulsaciones de espiritualidad de la más pura y ascética.
Todo tan
diferente a la vida de la moderna civilización con su afán de desarrollo. La de
la competitividad profesional y
económica, donde impera la rápida convertibilidad material de cualquier
concepto; donde los sentimientos más íntimos e inconfesables son catalogados,
baremados, clasificados, estratificados e incluidos en una lista de precios.
Por todo este desasosiego siempre sentí un natural e innato rechazo desde los
primeros años de mi infancia. Quizá nací con esa predisposición y ya lo llevaba
en los cromosomas, por lo que en mi código vivencial, como creo que en el de
casi todo el mundo, no estaba registrado y contemplaba aquél laberinto del
incómodo y rutinario día a día como un mal necesario para la subsistencia, para
poder crecer a costa de dejar a un lado apetencias y aspiraciones más pulcras,
enriquecedoras y atractivas para henchir y realizar mi ego interior.
Participé en
aquella maraña productiva de la que obtuve medios para poder desenvolverme con una economía
suficiente. Pero con cada oportunidad que me salía al paso quedaba fascinado
contemplando el medio natural: un inmenso escenario multicolor de mil
tonalidades, los olores de una brisa variadamente perfumada, el rumor del
viento en las hojas de las encinas, el runruneo del agua de los arroyos, el
arrullo de las aves en celo, el gorjeo de miles de parillos de colores, el
graznido de los córvidos…Todo ello acompañado del impreciso y volátil eco del
paso del tiempo, que revoca en los cortados y en las cárcavas calizas, como
sintonía de fondo de un ensordecedor silencio. Con cada ocasión contemplativa
revivía en mí con más contundencia aquella pasión que se iba revalorizando a
medida que crecía en edad y conciencia. Y con ella maduré quedando macerada con
los años en mi ser.
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